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El hombre que murió de costumbre

por / jueves, 17 marzo 2016 / Publicado enCon hijas y a lo loco 1.001noches

         tiempo (1)

          Esa la noche, el picor no le había dejado dormir. Decidió no acudir a la cita de los tertulianos del súper. Era un pequeño grupo de vecinos que, cuando iban a comprar el pan, comentaban las novedades del barrio o los periódicos del día. La tarde anterior se había instalado un “sin techo” en el solar que hace las veces de aparcamiento. Convencido de que se le había curado la urticaria, pasó por el estanco a comprar cerillas y se puso a ver la televisión.

          La niñita del cuento señalaba el camino con el brazo levantado mientras apretaba su cuerpo sobre el cuello del animal. La menuda Caperucita Roja gritaba: ¡Detrás de aquel matorral!. El lobo conseguía con sus hábiles patas avanzar por el camino más recto, mientras la pinocha de los árboles se le incrustaba en las pezuñas, produciéndole unas cosquillas muy extrañas.

-¿Adónde iban? –preguntó el niño-.

-No lo sé.

-Abuelo, imagínate que eres el lobo. ¡Contésteme, señor lobo!.

-Es que no sé poner voz de lobo y además, sólo me sé la versión de Caperucita.

Dejó caer el libro mientras el pequeño se embelesaba con la ilustración. La cestita se balanceaba en la boca del animal peludo, la llevaba sujeta entre los colmillos con la misma delicadeza con la que olfateaba el aire del camino. Dejaron atrás las sombras del bosque y ya en el claro, se pusieron a merendar.

A través de la ventana vió cómo los bomberos enrollaban las mangueras, fofas y tiznadas, y se quitaban los cascos que parecían espejos deformantes. El inspector anotaba los detalles del suceso en una libreta.

-¿De qué ha muerto? –preguntó el “sin techo”.

-Se asfixió después de quemar el reloj que colgaba en la pared de la cocina.

-¿A quién se le ocurre quemar el tiempo? ¡Qué mala costumbre!.

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